viernes, febrero 23, 2007

La misma lección

Volví a casa y me encerré durante dos días. Tanto en casa como en el trabajo les causé preocupación. Yo estaba absolutamente disgustada conmigo misma, no había alcanzado a medir las proporciones de mi pasión. Pasiónque ahora me parecía se inscribía más dentro del sentido cristiano del término. El miércoles por la mañana decidí marcar a su teléfono, el saludo fue carente de emoción; o quiza me había saludado siempreasí y mis oídos perturbados por el enamoramiento nunca notaron la diferencia. -Me regresé- dije, y él concluyó con un -Si recuerdo haberlo notado- Decidida y sin rodeos inquirí - ¿Que de lo nuestro, que debo esperar? Y con su voz mi mundo empezó a rodar. Me recordó que désde el inicio me había respondido que era una persona casada, que su matrimonio no pasaba por problemas ni nada que le hiciera pensar que debía alejarse de su familia; qué lo nuestro había iniciado por el deseo mutuo de aventura, pero que no éramos tan infantiles el uno ni el otro como pensar que nos compremetía una relación sexual.
Remató diciendo; nos conocimos, disfrutamos algunas cosas, aprendimos otras y ahora es tiempo de que cada quién continúe con sus vidas. -¿Tan fácil es para tí?- pregunté y en un tono conciliador me dijo; -Mira, no debemos atarnos al placer, hay cosas y personas muy importantes a las que hacemos daño. Esto que te digo, lo he comprendido perfectamente el sábado anterior con los eventos familiares. He redescubierto perfectamente dónde esta mi amor, cuáles son mis quereres, mis responsabilidades y que es lo que deseo hacer con mi vida, y en ése recuento no apareces tú.-
Me gustó la sinceridad, pero me dolían cada una de las palabras expresadas, atravesaban mi cuerpo, se estrellaban contra mis deseos y rompían mis sueños en mil pedazos.
Volví a formular la pregunta; -¿No significo nada para tí?- y el volvió a la carga;
-Fuiste la personificación de algunos placeres, que désde el sábado forman parte de mis recuerdos, de los mas ocultos, de ésa parte de la memoria que se vuelve absolutamente personal, incompartida, de un buen recuerdo, pero recuerdo finalmente.-

Racimos de lagrimas se desgranaban sobre mis mejillas.
-No puedes tratarme así- musité sin pensar lo que decía. Siguió con una argumentación dura;
-Imagina lo que hé hecho con mi mayor tesoro, mi familia, mis hijos. Con la mujer que he compartido la mayor parte de mi vida, con quién he soñado, sufrido, amado, aprendido cosas a vivir. Sé perfectamente lo que te digo, soy un miserable, pero hoy quiero poner en orden mi vida y poder disfrutar de ellos, soñar, sufrir, amar y descubrir todo lo que la vida nos depare juntos.-

No pude más colgué el teléfono y presa de la desesperación y la angustia, decidí que iría a buscarlo, no tenía el razonamiento necesario para distinguir los alcances de cualquier decisión.
Viajé en aparente ausencia, no podía concentrarme en una idea especifica. Llegué muy de mañana a la ciudad, una mañana fría como mi ánimo. Vagué por algunos sitios y a media mañana le volví a llamar. Su voz con una mezcla de calidéz y reclamo preguntó si le volvería a cortar a media llamada. Cuando le dije que necesitabamos encontrarnos y conversar, su respuesta inmediata fue de rechazo.
-No tiene caso de que nos hagamos daño con argumentaciones que ya hé expresado, conservemos ésto como un gran secreto, como un recuerdo bueno-

Finalmente le confesé que estaba en su ciudad y que había viajado para verlo.
Él finalmente aceptó que nos encontraramos ese día, más tarde.
Nos citamos en el templo de San Judas Tadeo, durante el oficio de la una de la tarde.
Cuando le ví entrar y encaminarse al atrio, me levanté de mi sitio y me dirigí a él.
Evitó un beso a manera de saludo. Entonces ahí mismo en las filas últimas del templo, a esa hora con la escasa concurrencia concentrada en la parte frontal de atrio, inició a contarme su situación.

Algo había notado su hija durante la semana anterior que le había preguntado sobre mi presencia y mi persona, y como lo hizo durante el camino a casa de la abuela, la experiencia de la señora la llevaba a reflexionar e intuir nuevas lecturas del evento.

Antes de despedirse (según me contó) su madre le había pedido que hiciera reflexion sobre las cosas que hacía de su vida y sobre todo de las consecuencias que podrían incidir sobre su familia. Era el fruto de las reflexiones sugeridas por la madre lo que le había llevado a considerar y ejecutar la decisión que había tomado sobre nuestra relación. Entre las lágrimas que cubrían mi rostro, ya que sin duda existen realidades dolorosas, pregunté; -¿Tomaste una decisión sin pensar en mi?-
La respuesta fue igual de cruda; -Pensé exclusivamente en quién debía pensar, tu y yo solamente somos producto de las circunstancias, de tal forma que como no tenemos pasado, tampoco tendremos futuro-

-El pasado se va haciendo -argumenté- nadie nace con él a cuestas-
El tono de argumentación fue siempre igual;
-Tú y yo hémos disfrutado algunos momentos, la mayoría de los que hémos pasado juntos, pero el precio de éstos placeres ha sido elevado. Me ha convertido en un miserable, he dejado de ser leal a los que me debo. He dejado de ser integro con mi propia persona, y arrastro en ese terraplén a mi familia, y a tí también; sin embargo soltándote ahora, tienes la oportunidad de encaminar y construir tu vida de forma que seas tú la única responsable de ella-

No escuchó ninguna otra razón, y el estado emocional en el que me encontraba no me permitía a mi poner en orden mis pensamientos. Me tomó por ambas manos, me besó en la frente y dió media vuelta. Mi borrosa mirada lo vió alejarse tranquilamente, hasta llegar a la puerta de la iglesia, donde en la intensa luz solar de la media tarde pareció fundirse y difuminarse.

Trancurrieron muchos minutos en los que permanecí sentada en la banca del templo, cuando finalmente me levanté, caminé en dirección del atrio, quiza inconcientemente quería evitar cruzar el mismo umbral por donde el había desaparecido. Después de persignarme adquirí el valor suficiente para abandonar el templo y cruzar por la puerta. Al acercarme a ella, la luminosidad había desaparecido, dando espacio a la melancolia del crepúsculo.
Mi esperanza moría con la misma magnificencia del día.

Cuando subí al autobús que me regresaba a mi realidad, acepté las galletas y el café ofecido por la edecan, me senté en un asiento sin saber sí me correspondía y me sorprendí de encontrar tras la aparente tranquilidad, a una mujer dolida. Dolor que empollaba una fuerte carga de rencor y un destructivo deseo de venganza...

domingo, febrero 18, 2007

La cruda realidad.

El deseo y el enamoramiento además de audáz, me volvieron romántica, despertando la vena cursi que con el tiempo se había diluído. Mis mensajes de correo así lo denotaban.
Cuando terminaba de escribirle me sorprendía las cosas que el deseo ponía en mi mente, o quizá deba decir; me sorprendía no poderlo apartar de mis pensamientos.
Por motivos de nuestros respectivos trabajos y de sus compromisos familiares, dejamos de vernos un mes completo. En mi casa se sorprendieron por interrumpir mis constantes ausencias. Incluso mi madre me preguntó si había tenido algún desencuentro con él; de forma lúdica acepté, dejándome sorprendida su actitud. Practicamente me aconsejaba que lo buscara y pusiera remedio al enojo, me dijo que en ocasiones las mujeres tendemos a ser asfixiantes con los hombre, y eso generaba dificultades, que lo entendiera y lo apapachara. Me he preguntado sí acaso mi madre también estaba bajo el mismo influjo seductor. Divertida le prometí que así lo haría.
El jueves, justo un día antes de cumplir un mes de no vernos; recibí una llamada de él, me dijo que su esposa y sus hijos menores saldrían a algún asunto que les tendría ocupados el fin de semana, hasta la tarde del domingo.
Medio disgustada me atreví a preguntarle, -¿y nosotros? Su típica respuesta saltó de inmediato; -Pensé que aceptarías venir a verme, pero si no te es posible, lo entenderé.-

Al encuentro me enteró que su hija mayor, una linda adolescente que yo conocía por fotografía, se había quedado, dado que tenía que presentar un exámen de danza. Acordamos que antes de instalarme en un hotel, el iría por su hija dónde ensayaba algunas de las rutinas que presentaría al día siguiente en su exámen. Posteriormente la llevaría a su casa y volvería al hotel, pero regresaría a su domicilio; esta vez sí que me sentí suripanta, pero la proximidad de su piel me ayudó con la situación.

Me llevo a cenar a un restaurante, de esos de cadena, dónde la sazón es el último requerimiento. Cuando terminé de cenar se levantó y me anunció que era hora de ir por la jóven, sin darme tiempo a preguntar por mí persona, me dió unos libros y me pidió que lo esperara en ese sitio.
Cuando lo ví abandonar el lugar, abrí uno de los libros; fue una experiencia inolvidable, Las Flores del Mal de Charles Baudelaire.
Autor y obra desconocidas para mí, de hecho con el título pensé que era literatura peripatética, y yo, con mi molesto sentimiento de sicalíptica, que distaba mucho de aquel disfrutable puta de semanas anteriores. Pero de la misma forma que la música aplaca a las fieras, la lectura tranquilizó mi humor. Baudelaire escribió esas poesías en estado pasional, muy parecido al mío, lo que hizo pensar que el poeta y yo estábamos en sintonía.

Más de una hora después volvió y se sentó a mi lado, preguntándome si estaba lista, no le respondí, solamente leí en voz alta unas líneas del poema que leía justo a su retorno:

Sin embargo, al ver la esbeltez elegantedel hombro y su trazo quebrado,la cadera levemente afilada, y la cintura ágillo mismo que un reptil irritado, se advierteque ella es joven aún. -Su alma exasperaday sus sentidos mordidos por el tedio,¿se habían entregado a la jauría enfurecidade deseos errantes y perdidos?
Lineas que se refieren a la descripción de un cadáver femenino.

Mi sorpresa fue inmensa cuando me tomó por ambas manos, me miró directo a los ojos y con voz suave y a bajo nivel, declamó de memoria:

El demonio se agita a mi lado sin cesar;
flota a mi alrededor cual aire impalpable;
lo respiro, siento como quema mi pulmón
y lo llena de un deseo eterno y culpable.
A veces toma, conocedor de mi amor al arte,
la forma de la más seductora mujer,
y bajo especiales pretextos hipócritas
acostumbra mi gusto a nefandos placeres.
Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,
jadeante y destrozado de fatiga,
al centrode las llanuras del hastío,
profundas y desiertas,y lanza a mis ojos,
llenos de confusión,sucias vestiduras,
heridas abiertas,
¡y el aderezo sangriento de la destrucción!

Que es el primer poema del libro.
La admiración y el deseo volvieron a tomar posesión de mis sentimientos. Salimos del restaurante, y sorprendentemente no abordamos su automóvil, ni un taxi; caminamos por algunas calles, a esa hora vacías y casi silentes. Caminamos charlando de poesia, y de vez en cuando mirando a muestra cómplice, la luna. En ocasiones un beso detenía la marcha. Caminando por algunos minutos, entramos en un hotel. Pedimos algunas cosas para que él comiera, prefiriendo solamente cafe y pan con mermelada.

-Me tienes fascinada- le dije, terminando la frase me tomó por la cintura y me besó como ya me había acostumbrado.
Me fue desnunando lentamente, en tanto su boca me mantenía presa del deseo. Me llevó hasta la cama y continuó besándome y recorriendo mi piel con sus manos. Esa noche queria disfrutarlo en silencio, concentrándome en cada sensación. No obstante de cuidar la intensidad de mis jadeos y mi respiración, ese conjunto de adversidades me hacían difrutar potencialmente de sus caricias. Cuándo mis humedades inundaban mi sexo, prácticamente le supliqué que me penetrara, por respuesta se incorporó. Me pidió que recostara en la cama boca abajo, y acto seguido me dijo, que le dejara ver mis labios y nalgas, medio me incorporé, quedando en cuatro puntos; lo que le permitía tener al alcance tanto mi vagina como el culo. Me besó. Cuando retrocedió un poco, sentíalgo frío que untaba justo entre las nalgas y que casi de inmediato escurría entre ellas; era mantequilla, alcancé a ver que con la mísma se untaba el glánde, se puso en rodillas detrás de mí y dirigio el pene justo al culo. Tal acomedida me emocionó, sentí como trabajosamente intentaba el asalto, hasta que se deslizaba por las paredes del ano, venciendo la resistencia del esfinter, sentí que me desgarraba, al tiempo que me conducía al niveles mayúsculos de excitación y placer.
E inició el vaivén al tiempo que sus manos alcanzaban mis senos y de sujetaban de ellos anclándose. En un acto reflejo, yo abría y cerraba el esfinter, sujetando co fuerza su pene. Sus jadeos y el aumento violento del embate me confirmaban su beneplácito. El orgásmo fue muy intenso, debí morder la sábana para no dejar escapar un inoportuno grito, ya que imaginé que con él disminuiría el placer. Me tiré hacia adelante, sobre la cama, ésto hizo que el saliera de mi negra rosa. Aproveché para voltearme, pero el volvió al baño, el regreso me permitió ver con toda calma su pene crecido, esta vez cubierto por la piel artificial de un preservativo. Y se incrustó en mi vagina que anhelante lo aprisionó hasta que nuestras secreciones se estrellaron contra el látex.

Se levantó rápidamente y se vistió, con un beso en la mejilla se despidió y me dijo que por teléfono nos pondríamos de acuerdo para organizar el ya muy próximo día. Me dormí plenamente.
Contra lo que imaginaba, el teléfono sonó mas temprano; a las 9:30, anunciándome que me vestiera de la mejor manera posible ya que a las 11:00 horas era el exámen de su hija en el palacio de las Bellas Artes.
Pasó por mí y nos dirigimos al lugar del exámen. Le pregunté por su hija y me respondió que désde temprana hora la había llevado al sitio. Pregunté como explicaría mi presencia, me enteró que recién había renunciado su secretaria, sin que le hubieren asignado aún otra; por lo que yo representaría ese rol. Nos besamos lo necesario antes de entrar al recinto y ya en él caminamos juntos pero sin tocarnos, intentaba hacer bién mi papel. Antes de llegar al área de butacas, se adelantó y familiarmente saludó a un grupo de personas. Una señora de edad lo besó y lo abrazó con gran familiaridad. Yo me había detenido unos metros atrás y me convertí en espectadora del protocolo de saludos, hasta que el me señalo y me indicó que me acercara, me presentó como X, su recién nombrada secretaria, la señora de mayor edad me saludó cálidamente y dijo una frase que me dejó helada;
-Señorita, le encargo mucho a mi hijo-

Al acomodarnos para ver la actuación de los examinados, quedé entre su madre y él. La exhibición de la niña fue sorprendente, emocionante, tanto así que las manos de su abuela en varias ocasiones apretujaron las mías. Al final del ejercicio, la señora me abrazó y se disculpó por tal hecho, yo sonreía confundida.

Al salir del sitio, la niña se sumó al grupo, y evidentemente fue el motivo de todo tipo de halagos y felicitaciones, incluyendo las mías. La niña entonces propuso que la familia se reuniera y comieran juntos en algún sitio cercano. La situación se volvía incómoda, ya que él se disculpó argumentando que tenía trabajo pendiente, señalando que por esa razón yo, su secretaria, estaba presente. A regañadientes, aún no terminaban de aceptar su excusa, cuando interrumpió una de las maestras de danza, anunciando que la niña había sido seleccionada para una serie de tres actuaciones de un grupo de danza infantil en la texana ciudad de Austín.
La euforia familiar se acrecentó y la madre se acercó junto a mí y me dijo; -Señorita, ayúdeme a convencerlo de que atienda a su niña-
Él que alcanzó a ver la escena se adelantó y dijo que tal acontecimiento era más importante cualquier trabajo pendiente; así que se convino en la comida familiar.
Justo en ése momento aproveché para despedirme, argumentando que haría lo mismo con mi familia. Sorprendentemente mis disculpas no fueron aceptadas y fue su madre quien más insistió en mi presencia. La voz de la niña me convenció; -Señorita acépte, tómelo como trabajo-

Toda la familia me trato con las mayores consideraciones, lo que contrariamente, me hacía cargar con una gran viga de culpabilidad sobre mis hombros.
Depués de ponernos de acuerdo sobre la hora en la que nos reuniríamos
abordé un taxi con rumbo al hotel, una retahíla de pensamientos se agolpaba en mi mente. Me daba cuenta perfectamente de mi intrusión en esa familia; su nujer una periodísta exitosa, que hace artículos de política y economía para varias revistas nacionales y extranjeras; la hija mayor, la de éste relato, una linda chica con extraordinarias dotes para la danza; su hijo un excelente estudiante de primaria con premios en matemáticas y física, y la más pequeña de las hijas, una lindísima nena rubia que hacía sus pininos en la danza también. Me sentí más sóla, más miserable que nunca.

No soporté éste estado, hice mis maletas, dejé un recado para él en la recepción y me volví a casa.
Durante el trayecto de vuelta me sumergí en una vorágine de pensamientos encontrados. Yo nunca tendría una familia así...