La misma lección
Volví a casa y me encerré durante dos días. Tanto en casa como en el trabajo les causé preocupación. Yo estaba absolutamente disgustada conmigo misma, no había alcanzado a medir las proporciones de mi pasión. Pasiónque ahora me parecía se inscribía más dentro del sentido cristiano del término. El miércoles por la mañana decidí marcar a su teléfono, el saludo fue carente de emoción; o quiza me había saludado siempreasí y mis oídos perturbados por el enamoramiento nunca notaron la diferencia. -Me regresé- dije, y él concluyó con un -Si recuerdo haberlo notado- Decidida y sin rodeos inquirí - ¿Que de lo nuestro, que debo esperar? Y con su voz mi mundo empezó a rodar. Me recordó que désde el inicio me había respondido que era una persona casada, que su matrimonio no pasaba por problemas ni nada que le hiciera pensar que debía alejarse de su familia; qué lo nuestro había iniciado por el deseo mutuo de aventura, pero que no éramos tan infantiles el uno ni el otro como pensar que nos compremetía una relación sexual.
Remató diciendo; nos conocimos, disfrutamos algunas cosas, aprendimos otras y ahora es tiempo de que cada quién continúe con sus vidas. -¿Tan fácil es para tí?- pregunté y en un tono conciliador me dijo; -Mira, no debemos atarnos al placer, hay cosas y personas muy importantes a las que hacemos daño. Esto que te digo, lo he comprendido perfectamente el sábado anterior con los eventos familiares. He redescubierto perfectamente dónde esta mi amor, cuáles son mis quereres, mis responsabilidades y que es lo que deseo hacer con mi vida, y en ése recuento no apareces tú.-
Me gustó la sinceridad, pero me dolían cada una de las palabras expresadas, atravesaban mi cuerpo, se estrellaban contra mis deseos y rompían mis sueños en mil pedazos.
Volví a formular la pregunta; -¿No significo nada para tí?- y el volvió a la carga;
-Fuiste la personificación de algunos placeres, que désde el sábado forman parte de mis recuerdos, de los mas ocultos, de ésa parte de la memoria que se vuelve absolutamente personal, incompartida, de un buen recuerdo, pero recuerdo finalmente.-
Racimos de lagrimas se desgranaban sobre mis mejillas.
-No puedes tratarme así- musité sin pensar lo que decía. Siguió con una argumentación dura;
-Imagina lo que hé hecho con mi mayor tesoro, mi familia, mis hijos. Con la mujer que he compartido la mayor parte de mi vida, con quién he soñado, sufrido, amado, aprendido cosas a vivir. Sé perfectamente lo que te digo, soy un miserable, pero hoy quiero poner en orden mi vida y poder disfrutar de ellos, soñar, sufrir, amar y descubrir todo lo que la vida nos depare juntos.-
No pude más colgué el teléfono y presa de la desesperación y la angustia, decidí que iría a buscarlo, no tenía el razonamiento necesario para distinguir los alcances de cualquier decisión.
Viajé en aparente ausencia, no podía concentrarme en una idea especifica. Llegué muy de mañana a la ciudad, una mañana fría como mi ánimo. Vagué por algunos sitios y a media mañana le volví a llamar. Su voz con una mezcla de calidéz y reclamo preguntó si le volvería a cortar a media llamada. Cuando le dije que necesitabamos encontrarnos y conversar, su respuesta inmediata fue de rechazo.
-No tiene caso de que nos hagamos daño con argumentaciones que ya hé expresado, conservemos ésto como un gran secreto, como un recuerdo bueno-
Finalmente le confesé que estaba en su ciudad y que había viajado para verlo.
Él finalmente aceptó que nos encontraramos ese día, más tarde.
Nos citamos en el templo de San Judas Tadeo, durante el oficio de la una de la tarde.
Cuando le ví entrar y encaminarse al atrio, me levanté de mi sitio y me dirigí a él.
Evitó un beso a manera de saludo. Entonces ahí mismo en las filas últimas del templo, a esa hora con la escasa concurrencia concentrada en la parte frontal de atrio, inició a contarme su situación.
Algo había notado su hija durante la semana anterior que le había preguntado sobre mi presencia y mi persona, y como lo hizo durante el camino a casa de la abuela, la experiencia de la señora la llevaba a reflexionar e intuir nuevas lecturas del evento.
Antes de despedirse (según me contó) su madre le había pedido que hiciera reflexion sobre las cosas que hacía de su vida y sobre todo de las consecuencias que podrían incidir sobre su familia. Era el fruto de las reflexiones sugeridas por la madre lo que le había llevado a considerar y ejecutar la decisión que había tomado sobre nuestra relación. Entre las lágrimas que cubrían mi rostro, ya que sin duda existen realidades dolorosas, pregunté; -¿Tomaste una decisión sin pensar en mi?-
La respuesta fue igual de cruda; -Pensé exclusivamente en quién debía pensar, tu y yo solamente somos producto de las circunstancias, de tal forma que como no tenemos pasado, tampoco tendremos futuro-
-El pasado se va haciendo -argumenté- nadie nace con él a cuestas-
El tono de argumentación fue siempre igual;
-Tú y yo hémos disfrutado algunos momentos, la mayoría de los que hémos pasado juntos, pero el precio de éstos placeres ha sido elevado. Me ha convertido en un miserable, he dejado de ser leal a los que me debo. He dejado de ser integro con mi propia persona, y arrastro en ese terraplén a mi familia, y a tí también; sin embargo soltándote ahora, tienes la oportunidad de encaminar y construir tu vida de forma que seas tú la única responsable de ella-
No escuchó ninguna otra razón, y el estado emocional en el que me encontraba no me permitía a mi poner en orden mis pensamientos. Me tomó por ambas manos, me besó en la frente y dió media vuelta. Mi borrosa mirada lo vió alejarse tranquilamente, hasta llegar a la puerta de la iglesia, donde en la intensa luz solar de la media tarde pareció fundirse y difuminarse.
Trancurrieron muchos minutos en los que permanecí sentada en la banca del templo, cuando finalmente me levanté, caminé en dirección del atrio, quiza inconcientemente quería evitar cruzar el mismo umbral por donde el había desaparecido. Después de persignarme adquirí el valor suficiente para abandonar el templo y cruzar por la puerta. Al acercarme a ella, la luminosidad había desaparecido, dando espacio a la melancolia del crepúsculo.
Mi esperanza moría con la misma magnificencia del día.
Cuando subí al autobús que me regresaba a mi realidad, acepté las galletas y el café ofecido por la edecan, me senté en un asiento sin saber sí me correspondía y me sorprendí de encontrar tras la aparente tranquilidad, a una mujer dolida. Dolor que empollaba una fuerte carga de rencor y un destructivo deseo de venganza...
